Son muchas las obras que, a lo largo de la historia, se han ocupado de lo que entendemos como política; desde Platón, con La República o Las Leyes, o Aristóteles, Política o las dos que aluden a la Ética… (a Eudemio y a Nicómaco), pasando por Ciudad de Dios, de Agustín de Hipona o El príncipe, de Maquiavelo, hasta el Manifiesto Comunista. En todas estas obras, en las que obviamente hay que incluir a los autores anarquistas de la modernidad, puede comprobarse que la política va unida a la filosofía, a la moral, a cuestiones antropológicas, sociales o económicas y, para bien o para mal, a la religión. Los temas de los que trata la política no pueden ser más importantes para los asuntos humanos: la estructura y formas de gobierno, las fuentes del poder, las obligaciones y derechos de los miembros de la sociedad (o de un Estado), la naturaleza de las leyes, la concepción de la libertad, las formas de justicia… José Ferrater Mora, en su Diccionario de filosofía, distingue al menos tres aspectos en lo que atañe a la política:

1.- La política como una actividad que comporta una actitud reflexiva. En este caso, no afecta solo a la actividad del político, sino a todo miembro de la comunidad en la medida en que interviene en los procesos antes citados (forma de gobierno, condiciones de la libertad, etc.).

2.- La ciencia política o politología, que se encarga de estudiar los hechos políticos en un sentido muy amplio (planes, aspiraciones, fines…).

3.- La filosofía política, que se ocupa no solo de los métodos y conceptos usados en la ciencia política, sino que va más allá; puede estudiar las relaciones entre entre la actividad política y otras disciplinas, así como los fines propuestos en la acción política y el papel que desempeñan en la constitución de la ciencia política (así, tendrá en cuenta las llamadas «ideologías» o la ética).

De un modo más simple, Eduardo Haro Teglén, en su Diccionario Político, considera que la política es todo aquello que concierne a la totalidad de los ciudadanos de una nación, así como la libertad de cada persona de examinar el tema con arreglo a sus propios interereses y pensamientos (aquí sería fundamental la libertad de asociación). Se distinguen dos grandes conceptos de política: el teórico, o filosófico, que sería el análisis de la administración y dirección de la sociedad dentro o fuera de lo posible, y el práctico, que se refiere a los medios de llegar al poder con el propósito de aplicar las concepciones teóricas (admitiendo la sinceridad de los que emprenden la tarea). Se advierte aquí de la connotación peyorativa que se ha querido dar al término, no solo por parte de regímenes autoritarios, también por los que observan la política como sinónimo de corrupción. Este último caso, que es el más usual hoy en día entre los que identifican la política con los políticos profesionales, puede identificarse con varias posturas, no solo con la desidia o el más pobre conservadurismo, también con ciertas actitudes radicales que nos esforzaremos en refutar desde un punto de vista abiertamente anarquista.

Lo dicho hasta ahora nos introduce en lo obvio, la política forma parte de toda comunidad humana y no es posible reducirla a la simple gestión del Estado. Es más, hay que decir que esa visión desde posturas antiestatistas, acaba haciendo el juego a los que consideran necesaria la jerarquización social (y, por lo tanto, política). De entrada, si el anarquismo supone una concepción todo lo amplia posible de la libertad, lo político entra de forma evidente dentro de sus propuestas (múltiples, por supuesto, concretadas en la realidad con la búsqueda del consenso, y aceptando la pluralidad y la horizontalidad como sus rasgos más característicos). Profundizando más, lo que la propuesta anarquista sí realiza es una crítica radical a ciertos conceptos de la teoría política moderna, como es el caso de «contrato» o de «ley»; así se expresa Aníbal D’Auria en «Introducción al ideario anarquista», dentro de la obra El anarquismo frente al derecho). Sin embargo, no se rechaza ninguno de los dos; en el caso del contrato, muy al contrario, se toma radicalmente en serio, denuncia su ficción estatista y lo dota de una naturaleza sincera y abiertamente libertaria (es decir, un contrato real, recíproco, conmutativo, rescindible y parcial). Desde este punto de vista, el anarquismo, lejos de renunciar a la política, se esfuerza en la modernidad en denunciar su ficción religiosa y jurídica, para promover su superación en la sociedad autogestionada, construida de abajo hacia arriba sin coerciones externas de ningún tipo (no se rechaza la ley, sino que mane de una instancia externa a la propia sociedad). Es recomendable el texto de D’Auria para comprender el significado de la propuesta política y jurídica del anarquismo moderno.

Eduardo Colombo, en El espacio político de la anarquía, significativamente subtitulado Esbozos para una filosofía política del anarquismo, propone ese espacio político no jerarquizado en el que los seres humanos pueden reconocerse como libres e iguales. Si la filosofía política se ha esforzado en justificar y legitimar el poder instituido, el anarquismo debe esforzarse en reflexionar sobre las formas institucionales de una posible sociedad libertaria. El anarquismo, para Colombo, es una teoría política y, consecuentemente, una ética y un ethos (el lugar donde habitaría esa deseable sociedad); no supone la supresión de la política en la sociedad, como debería ser obvio, sino de la coacción política.

Sigamos con lo evidente, el anarquismo no niega en absoluto la política, y tampoco rechaza visceralmente el poder o toda forma de autoridad; se niega el Estado, es decir, el poder permanente y la autoridad instituida. Así se expresa Ángel Cappeletti en La ideología anarquista, «…los anarquistas no niegan el poder sino ese coágulo de poder que se denomina Estado. Tratan de que el gobierno, como poder político trascendente, se haga inmanente, disolviéndose en la sociedad». Frente al viejo lenguaje del anarquismo como «antipolítico», hay que insistir una vez más que dentro de su convicciones se encuentra la renuncia a toda conquista del poder, aunque se haga de forma «democrática»; desde este punto de vista, lo que se quiere expresar es que el anarquismo es en realidad antiparlamentario y lo que ha pretendido, como corriente bien definida en la modernidad, es propiciar la superación de las teorías políticas de legitimación del Estado.

Fue Rudolf Rocker, en «Anarquismo: sus aspiraciones y propósitos» (dentro de Anarcosindicalismo: teoría y práctica) el que describió de manera inmejorable una corriente intelectual «bien definida», cuyos partidarios desean la abolición de los monopolios económicos y la supresión de toda institución coercitiva. Resultaría extraño que un anarquista del siglo XXI no acepte este (muy general) «programa político». El socialismo, término tal vez con mayores connotaciones económicas, el liberalismo y la democracia son conceptos eminentemente políticos; en el anarquismo confluyen, se profundiza en ellos y se les otorga un sentido auténtico. Dentro de estas concepción política, volveremos a insistir que es su visión amplia de la libertad, como fuerza impulsora de todo desarrollo intelectual y social, la que sitúa al anarquismo como una corriente bien definida en la Modernidad.

Frente a esta visión, tal vez existirá el reproche por por parte de muchos sobre el peligro de encorsertar las ideas anarquistas. Tal como dice Murray Bookchin en Anarquismo social o anarquismo personal. Un abismo insuperable, la pluralidad y tolerancia dentro de los movimientos ácratas les ha conducido a una concepción más bien negativa de la libertad (una libertad «de hacer»); sin embargo, el anarquismo siempre apostó por una amplia concepción positiva de la libertad, o lo que es lo mismo, por unas propuestas políticas que hagan posible la sociedad sin Estado. Si de verdad se quiere trabajar por la emancipación social, entendiendo que la autonomía individual no es posible sin ella, el único camino posible parece indagar y obtener una visión amplia de la política; de lo contrario, el (supuesto) anarquismo se diluye en actitudes personales autocomplacientes e incoherentes. Bookchin consideraba que era ya necesario añadir el apelativo «social» al anarquismo para distinguirlo de esas actitudes personales (ese «estilo de vida» al que alude el título original de la obra). Frente a esa actitud algo pesimista por la evolución del anarquismo, culminada en una época posmoderna donde no parece haber ya cabida para grandes sistemas de ideas, puede oponerse una firme convicción en sus raíces modernas (socialistas y liberales, aunque la síntesis en la práctica no sea fácil) con unas propuestas políticas muy sólidas basadas en conceptos como el contrato libre y el federalismo. Dentro de la muy deseable conciencia libertaria, se encontraría así el desarrollo de la reflexión política sobre una sociedad anarquista.


Principales autores sobre filosofía política Anarquista

 

Artículo de http://www.portaloaca.com/pensamiento-libertario/7173-anarquismo-y-politica.html

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